Promocionar a los hackers buenos.

La alarmante escalada de los ataques cibernéticos abre un mundo de posibilidades para un empleo cada vez más necesario y solicitado.

Una estación de servicio en Washington afectada por el ataque ciberterrorista. / EFE

Las guerras convencionales hace tiempo que empezaron a ser del pasado -aunque Israel nos quiera demostrar lo contrario estos días con su intervención armada en Gaza-, para dar paso a los efectos devastadores del ciberterrorismo en sus vertientes social, política y económica. La escalada de incidentes se cuenta por miles en los últimos tiempos, como hemos tenido oportunidad de comprobar estos días en nuestro país, con casos concretos en el Principado, pero sobre todo por la relevancia del hackeo del oleoducto que suministra casi la mitad del combustible de transporte de la costa este norteamericana, Nueva York incluida.

En este caso hablamos de motivaciones y consecuencias económicas, como paradigma de esa nueva piratería que ha sustituido el atraco de toda la vida a un banco, pistola en mano, por el de entrar en una computadora, un servidor, ‘raptar’ sus datos y pedir un rescate por ellos si no se quiere que todo el negocio se venga abajo.

Se trata de un ataque de ‘ransomware’, que en el caso de la compañía Colonial Pipeline consistió en instalar un software en sus servicios informáticos para que todos sus datos fueran ilegibles. Consecuencias inmediatas: cierre de 8.851 kilómetros de tubería, desde Texas a Nueva Jersey; 378 millones de litros diarios que no se pudieron servir a las gasolineras; subida inmediata de un dos por ciento en el precio del combustible (1,04 euros/litro), su nivel más alto desde 2014; entrada en pánico de cientos de empresas y de negocios por la falta de suministro; y finalmente, el pago de 5 millones de dólares, en ‘bitcoin’, que fue el rescate exigido por el grupo DarkSide, con ‘sede’ en Rusia, que además hizo públicas sus intenciones: «Nuestro objetivo es ganar dinero y no crear problemas a la sociedad».

El ciberterrorismo se ha desvelado ya como un arma potentísima de la que se pueden aprovechar países como Rusia -siempre en el punto de mira- para influir en otros de las formas más inopinadas, pero sobre todo como negocio para el mundo hacker, dispuesto a poner todo su talento al servicio de su beneficio económico, aunque a nadie se le escapa que la utilización de ese talento con otros objetivos puede llevarnos hasta el apagón universal simplemente con intervenir todas las redes de energía. Eso sí que sería el colapso.

Desde la innovación habrá que buscar la otra cara de la moneda, la del descubrimiento definitivo de un nuevo sector que crea ya nuevas empresas y empleo. Crear el hacker bueno para enfrentarse al hacker malo. En un país, lo mismo que en la Unión Europea, en donde las pymes apenas invierten en ciberseguridad, no será difícil crecer exponecialmente reclamándose variados perfiles profesionales, no solo informáticos, sino el de abogados, analistas, sociólogos, consultores de seguridad, comerciales de software…

De todas formas, la ciberseguridad nos atañe a todos como usuarios individuales con pequeños detalles: cambiar contraseñas, actualizar sistemas operativos, hacer copias de seguridad y ¡ojo! al correo electrónico. Y mucho sentido común.

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